miércoles 22 de octubre de 2008

Fencebook




Facebook promete "ayudarte a conectarte y compartir con la gente de tu vida". En México hay alrededor de medio millón de usuarios, cifra que sigue creciendo gracias a todos aquellos que desean recuperar contacto con aquellas personas a las que el tiempo les hizo perder de vista; que están ansiosos de husmear entre las fotografías de propios y extraños; que babean al pensar cuántos amigos podrán reunir (como todo mundo sabe, un habitante promedio de Facebook debe contar con por lo menos una centena de amigos, a riesgo de ser considerado un antisocial). Sí, aparentemente, la "gente de la vida" de uno reaparece una vez que se le encuentra (colecciona) en Facebook. Y no hay nada en esta red que impida que uno efectivamente se "conecte y comparta" con ellos. Sin embargo, la verdadera utilidad de Facebook es otra.
¿Cómo era la vida antes de Facebook? Si uno quería saber qué estaba haciendo en ese preciso instante un amigo, le llamaba por teléfono y lo averiguaba. Si su inquietud era saber si se le consideraba una persona atractiva, había métodos al alcance: desde el ensayo-error hasta la encuesta informal, pasando por el chismógrafo (verdadero antecedente del Facebook). Si uno sabía que su amigo Juan, al que no había visto en varios años, había tenido crías, le llamaba o le escribía para felicitarlo y, si la situación lo ameritaba, concertar un encuentro. Si uno quería conocer a una chica, la abordaba en el bar, en la escuela, o en algún lado. No es que el viejo mundo estuviera exento de complicaciones, pero al menos fomentaba la comunicación. Si uno quería tener 456 amigos, tenía que hacer un decidido esfuerzo por cumplir con las más elementales normas de socialización. Ahora, basta con agregarlos a una lista, petición que casi nadie rechaza (salvo Gael García y Diego Luna, quienes llevan meses ignorando mi amable solicitud), porque nadie se resiste a tener un salón de trofeos social.
Facebook, pues, sirve para un doble propósito. Facilita ciertas formas de socialización, indudablemente, y también crea otras, pero al mismo tiempo libera a quienes lo usamos de la responsabilidad de ser sociables. Ahora, quien quiere saber si es atractivo o no, añade una aplicación y deja que el programa haga las cuentas. Quien quiere saber qué hace un amigo, se mete a su perfil y lee frases crípticas: "se está asoleando en Londres"; "...Stardust".
Y quien quiere saber qué fue de un amigo perdido, lo busca, lo agrega y se entera de todo (al menos, de lo más importante) sin necesidad de llamarle, tomarse un café ni fingir un interés mayor que la simple curiosidad chismológica.
Así pues, Facebook sirve para mantener a distancia a la gente de tu vida. Para darles datos que los mantengan informados y satisfagan su curiosidad, y evitar así la molestia de buscarles o ser buscado, de propiciar rencuentros incómodos, llamadas inesperadas y demás. Y contra lo que pudiera parecer, es ésta una cualidad digna de aplauso, que debería de ser explotada en la publicidad de la marca, en lugar de explotar la nostalgia, la amistad, el compañerismo y demás anacronismos de la era analógica.

P.D. A propósito de la vida antes de Facebook, ver:
http://www.youtube.com/watch?v=JMLH_QyPTYM

martes 30 de septiembre de 2008

Hombres de acción




En la película que lleva su nombre (Werner Herzog, 1982), Fitzcarraldo tiene un sueño que cumplir: construir un teatro de ópera en la ciudad de Iquitos, en medio de la Amazonia peruana. La ópera, el máximo alarde civilizatorio del que era capaz Occidente antes de la llegada del cine, se enfrenta a la selva, esa bestia brutal creada por la naturaleza para imponer donde sea su supremacía. La película, con la magnificiencia de la que sólo es capaz el cine, narra las hazañas que Fitzcarraldo tiene que materializar para alcanzar su sueño: llevará un buque de vapor en contra del curso del Amazonas y lo arrastrará hasta la cima de un empinado cerro, para depositarlo en un río paralelo que le permitirá alcanzar los terrenos donde está la plantación de hule que le permitirá costear su ópera. La naturaleza es hasta este punto flexible, pero la tragedia acecha a Fitz. Habiendo realizado la parte más difiícil, los indios que le habían ayudado llevan a cabo su plan: a manera de ofrenda apaciguante, entregan el buque a los rápidos impasables, la gran barrera que hacía necesario el ejercicio de alpinismo naviero. Todo ha sido para nada, y Fitz, quebrado, derrotado por la traición de los de su misma especie, ensaya un remedo de sus sueños operísticos subiendo a una orquesta al buque y recorriendo las riberas del río con su música ambulante.
La de Fitzcarraldo es una épica bella por la sencilla imposibilidad que conlleva. Nunca un melómano hizo tanto por tan pocos. O casi nunca.
En estos días se lleva a cabo el juicio contra Alberto W. Vilar, un emigrado cubano acusado de fraude. Vilar es un conocido especulador bursátil, que llegó a estar entre los hombres más ricos de Estados Unidos y que tenía una marcada afición por la ópera. Movido por ella, donó unos 225 millones de dólares a instituciones como el Carnegie Hall, la Metropolitan Opera House y el Kennedy Center, todo con tal de que los trajes respladencieran bajo las luces y el canto cimbrara los candelabros.
El problema vino al descubrirse que había prometido más de lo que podía dar. Su nombre, que había sido inscrito en letras de oro en una sala de la Met, fue quitado, para su gran vergüenza. Un antiguo cliente le pidió el dinero que le había encomendado para invertir, y éste había desaparecido entre rentas, banquetes y boletos de ópera. Lo demandaron, y ahora vive en una solitaria celda en Manhattan. Otro sueño roto por las mezquinos intereses de los demás. El arte, qué duda cabe, es una amante difícil.

viernes 15 de agosto de 2008

Olimpismo bananero, o el más grande temor de Michael Phelps





El arquero mexicano Juan René Serrano desaprovechó su oportunidad de colgarse la medalla de bronce, tras perder 110-115 ante el ruso Bair Badenov; los nervios provocaron su desplome.
El Universal, 15 de agosto de 2008

Los Juegos Olímpicos de Pekín van por su primera semana y el medallero muestra sin lugar a errores la realidad del deporte internacional, por todos conocida: China y Estados Unidos, que se sitúan a la cabeza del medallero, han acumulado aproximadamente la misma cantidad de medallas que todos los países que les siguen. El último lugar, el 46, es compartido por los 9 países que han obtenido sólo una medalla de bronce, entre ellos México. Además de los 54 países que han obtenido al menos una medalla, hay 149 cuya presencia en los Juegos Olímpicos es meramente testimonial, porque la mayoría de ellos regresará a casa con las manos vacías.
Que el deporte internacional está en manos de las superpotencias no es nada nuevo. Que no hay quién le gane a un Michael Phelps es un hecho que por sí sólo debería bastar para mandar al demonio la idea de que lo importante no es ganar, sino competir: "The Beijing Games will show the world what the Olympic Games really are: a gathering of young people who share the same goal and the same enthusiasm for sport", dice el Comité Olímpico Internacional en su sitio web. Puede ser que compartan la meta y el entusiasmo, pero no comparten los medios para convertir su entusiasmo en logros. El citius, altius, fortius es un luejo que sólo países que destinan millonadas a formar superatletas pueden darse.
Para el resto, ir a China significa un gasto enorme que sólo compra humillaciones nacionales cuatrienales.
Hablemos del caso de México, que está a la mano. El glorioso epígrafe que corona este post es un botón de muestra de lo que hace un atleta del tercer mundo en esos lugares: perder el temple bajo la presión nerviosa, muy comprensible si consideramos que su contendiente era un ruso, es decir, un nacional de un país con una gloriosa tradición deportiva. Pero hay más botones de muestra: aquella nuestra gimnasta que en Atenas 2004 se cayó tres veces en el salto de caballo; aquella nuestra selección de futbol que no calificó aún cuando sus competidores eran de güasa; en general, ese nuestro rosario de desgracias que es el deporte nacional.
Pero quizás estemos abordando el asunto desde el lado equivocado: no es que nuestro deporte (o el de Argentina, San Vicente y las Granadinas, Etiopía o Bangladesh) sea una vergüenza. Es que el de ellos (China, Estados Unidos, Alemania, Rusia) es demasiado bueno. Es larga la lista de traumas nacionales, de realidades económicas y sociales, como para desglosarla, pero seamos sinceros: nunca en este mundo veremos nuestra bandera en la cumbre del medallero. La solución, pues, está en competir, pero entre iguales: un juego cuyo lema,
tardus, humilius, infirmus (traducción aproximada de más lento, más bajo y más débil), dé cuenta de la calidad de los participantes: no somos los mejores, pero somos los más. Una especie de Juegos Subolímpicos, donde no se baterían records, pero sí se salvarían algunas diginidades. Apuesto una medalla de bronce a que de esta manera, superados –al menos, promediados– los complejos de inferioridad que aquejan a este país, tendríamos en poco tiempo una pléyade de estrellas (sub)olímpicas.

jueves 31 de julio de 2008

That´s Entertainment




Days of speed and a slow time Mondays /
Wake up at 6 AM and think about your holidays / Open window and breathe in petrol / Cold flat with damp on the walls / Yes, That's Entertainment / That's Entertainment

Morrissey

Javier Marías, a quien rara vez leo, se quejaba el domingo pasado de lo que parece ser una nueva epidemia: el entretenimiento. Se supone que cuando uno no está trabajando, es decir, en los tiempos de ocio, debe procurar permanecer entretenido. ¿Qué significa esto? Para fines prácticos, que uno debe recurrir a un iPod, televisión, DVD, consola de videojuegos, computadora o cualquier artefacto similar, y pasarse las horas llenándose la cabeza de jugo multimedia. Marías se quejaba, no sin razón, de que estas actividades tienden a evitar que uno desempeñe labores más creativas, como sentarse en el sillón con una taza de café y pensar.
Hace un par de días, mientras me entretenía viendo televisión, di con un programa viejo que hablaba sobre la tecnología del futuro. Un locutor aseguraba que en el año 2020 pasaremos la mayor parte de nuestro tiempo libre dedicándonos al "entretenimiento", con ejemplos desoladores: una pareja se sienta en la mesa del desayunador de su casa suburbana, manipula una consola incorporada a la mesa y ve aparecer en su ventana la ciudad de París, las playas de Tailandia, las nieves del Kilimanjaro.
No soy un enemigo de la tecnología, no le veo el caso a serlo. Estoy seguro de que ésta avanzará con o sin mi ayuda, y también sé que hay un lugar reservado en la sala de estar para todo invento que prometa distraer a la gente de su cotidiana espera por la nada. Sin embargo, me parece que algo no anda del todo bien cuando aquello de lo que más podemos vanagloriarnos como especie es de haber creado un sistema en el cual trabajamos para tener dinero para comprar cosas que nos hagan olvidarnos de que trabajamos, y que luego nos instruyen para comprar más cosas por el estilo, y encima nos echan en cara que dentro de doce años las cosas que compramos ahora serán tan obsoletas como el fonógrafo.
El entretenimiento, en el mejor de los casos, debería ser un medio: para distraerse, para olvidarse. Cierto entretenimiento alcanza incluso cotas más altas, y hasta da de qué pensar. Pero hoy en día es un fin, y el único posible: qué aburrido estar sin hacer nada. Qué absurdo no saber de las series de moda. Que anacrónico tener VHS. Quiero televisión por cable.

jueves 17 de julio de 2008

Full speed ahead, Mr. Parker!



El año era 1968. La psicodelia recorría el mundo, y el consumo de ácidos, peyote, hongos y otras drogas era bien visto. Fue entonces cuando, gracias a la afamada película de los Beatles, se supo de la existencia del mítico submarino amarillo, una portentosa nave que navegaba entre cielos azules y mares verdes, luchando contra un ejército malvado.
Pasaron los 60, los 70, los 80, y el submarino fue olvidado; sólo algunos exploradores incansables siguieron surcando los mares, deseosos de estar entre los pocos afortunados en avistar a la mágica embarcación. Pero fue en vano: el submarino amarillo parecía haberse esfumado, como ocurre con las visiones de ácido. Hasta ayer, cuando la Armada de México, en un patrullaje de rutina cerca del puerto de Salina Cruz, interceptó y capturó al navío.
Si bien los detalles son escasos, se sabe que el submarino amarillo estaba tripulado por cuatro personas, posiblemente de nacionalidad colombiana, quienes negaron cualquier relación con John, George, Ringo o Paul. Triste signo de los tiempos que corren, el submarino estaba siendo empleado para transportar una tonelada de cocaína, droga vil que no produce alucinaciones, viajes ni psicodelia.

miércoles 16 de julio de 2008

El Apocalipsis según R. Parte IV: Cómo enfrentar la ira de Dios sin despeinarse




Supongamos que un día cualquiera se asoma por la ventana y ve nubes negras y ángeles revoloteando sobre los miserables edificios coronados por antenas oxidadas y ropa barata ondeando al viento. "¡El fin del mundo!", se dice y, lejos de arrodillarse y fingir que sabe rezar; de buscar entre sus exiguas pertenencias algo que pueda servirle para defenderse de los jinetes del Apocalipsis; de presentar cualquier tipo de resistencia, usted se deja caer en el sillón apolillado y con un largo suspiro agrega: "Por fin".
Si tal fuera el caso, sepa que estaría adoptando la única actitud correcta ante el fin del mundo, que es la resignación. Será tarde para arrepentirse y tarde para defenderse. Pero aún habría tiempo para bajar al departamento de la casera y propinarle un hachazo en el cráneo; proclamar que a usted no le gusta descansar en domingo y que su único y verdadero Dios es Diego Armando; que sabe de buena fuente que la mujer de su vecino no puede vivir si no se acuesta con una persona distinta cada noche, y a usted le consta; para participar en los saqueos y las orgías sin dejar de insultar al supuesto Dios que nunca le dio nada y encima tiene el descaro de castigarlo. Y si todo lo anterior le parece insuficiente, reúna cabras, botellas de vino, ídolos paganos, gallinas, hombres y mujeres y deje volar su imaginación.
Hay que entender que, salvo por aquellos bienpensantes persignados que se cuentan entre los 800 millones que, como ya vimos en la parte II, se salvarán, el fin es el fin. No hay masa ya. Pero si el pánico se apodera de usted, si no puede dejar de pensar en todos esos árboles y ríos y lagos y gente y animales que van a desaparecer; si se le llenan los ojos de lágrimas al pensar lo decepcionado que debe sentirse Dios ante el fracaso de su creación; si, en resumidas cuentas usted, miserable cobarde, no puede encontrar la oportunidad en medio de esta crisis, tome el frasco de somníferos, trágueselo completo y finja que todo es una pesadilla serie B, y que los conejillos de Indias sólo parecen gigantescos porque están sobre una maqueta.

Fin